miércoles, 12 de noviembre de 2014

Entre ser escritor y ser arquitecto, una nostalgia




















Me siento muy agradecido con el Centro de Estudiantes de Arquitectura y la Coordinación de la Carrera de Arquitectura en la Universidad Simón Bolívar (USB), por la gentil invitación que me hicieron para participar en la Semana de la Carrera de Arquitectura de este año.

Se trató de una tertulia, acompañando a la sensible arquitecta Liliana Amundaraín y al siempre admirable profesor Luis Miguel Isava. Ella aportó a la conversación un delicado y hermoso ejercicio de lectura del cuento Las babas del diablo, de Julio Cortázar (1959) y la contrastó, desde una mirada al fenómeno de la traducción y la deriva por la ciudad, con la película Blow-Up, de Michelangelo Antonioni (1966). Por su parte, Isava reflexionó sobre las dificultades de nuestra relación existencial con el lenguaje, en tanto vivimos permanentemente la tensión entre creer hacerlo y ser construidos por él, lo que nos exige un estado de consciencia que pocas veces logramos alcanzar.

A ello se unió la muy valiosa participación de los asistentes, cuyas preguntas y consideraciones permitieron ampliar algunos aspectos y, sobretodo, prolongar un encuentro cálido y motivador.


Ofrezco aquí el ensayo que escribí especialmente para esta ocasión y que ayer comenté muy brevemente, pues no logré llevarlo a una lectura de menos de 15 minutos (me quedó de 25'). Luego incluiré la presentación que hice sobre Angostura, como representación de un paisaje que, con nostalgia, recreo en mis palabras.

Imagen: Rincón de apartamento, Claude Monet (1875); óleo sobre tela. Tomada de: Los Grandes Museos de Europa. El museo de Orsay. ACTA producciones. CD-ROM, 1999

Vínculo al ensayo: https://drive.google.com/file/d/0Bw7XFpvma9Fsb1lrZExDZW9OMTA/view?usp=sharing

jueves, 28 de junio de 2012

Ser arquitecto: proyectar




















Hasta este lugar del viaje, cuando me vuelvo a preguntar cómo me pienso como arquitecto, como arquitecto que respira al investigar, me digo que, paradójicamente, actúo como un arquero que ama coleccionar pequeñas rocas; alguien que recorre un camino que lo dirige hacia un horizonte que parece nítido, pero que desconoce si esa nitidez se debe a un profundo vacío… ¿hacia dónde?
Es un arquero porque, sin ser el mejor, ha aprendido a dirigir sus flechas con cierto tino hacia donde se espera o necesita. Mal que bien, sabe orientar y eyectar frágiles entidades hechas a mano, casi hilos de nada, filamentos de un imaginar, para que surquen la intemperie y alcancen, en un instante siempre futuro, en un demorado después de su aliento, un lugar; un preciso lugar en medio de un bosque de accidentes. Es una paradoja: alguien que cultiva el aire con saetas adora llevar consigo alforjas que pesan; tal vez así recuerda la gravedad que le sostiene. Ama coleccionar pequeñas rocas porque un amigo muy querido le explicó que con ellas, en los orígenes de la historia, alguien compuso por primera vez una melodía y enseñaba a otros el misterio de hacerlo. Quizás así comenzaron las palabras, pequeños restos invisibles de la tierra que vamos viviendo, que vamos siendo. Quizás así se componga aun nuestra vida en el mundo. Quizás haya sido Orfeo uno de aquellos amables aprendices y nosotros, el temblor de una telaraña en el instante que antecede el inminente alcance de lo proyectado a su destino.
(Fotografía: Arquero, de Abraham Alonso, 2009; tomada de su sitio en Flickr: fotostenerife)

jueves, 10 de febrero de 2011

En construcción

Desde que en octubre de 2005 comencé a llevar un blog, he usado este recurso como un cuaderno de bocetos, de anotaciones, memoria de lecturas y viajes. Cuaderno de bitácora más que diario, esta intangible realidad ha tenido esa sutil tensión que se siente cuando uno hace algo a lo que le va construyendo valores, que piensa representativo de una parte de la propia vida que quisiérase no ir olvidando y que, por tanto, es un compendio de intimidad difícil de compartir mas, precisamente, a la vez, se siente el deseo de mostrarlo a alguien, como quien abre un álbum de fotografías y comienza a narrar su pequeña historia, siguiendo el a veces azaroso orden de imágenes que se han ido sucediendo página tras página.


Ya sea por injustificada sensación de soledad o deseo de trascendencia, el impulso de llevar una bitácora conlleva una existencial contradicción. Así, bajo el título de Crónicas del Asterión fui reuniendo una serie de muy desordenadas anotaciones que dejaba expuestas a la intemperie de lo público, como quien olvida su libreta de dibujo en el banco de un parque.

Cada día nuevas páginas, bitácoras, portales, ratifican la concepción de hacernos presentes en un ágora, etérea en su constitución topológica, concreta en las posibilidades y consecuencias de su hechura electrónica. Una paradójica realidad en la que se van abriendo y habitando plazas virtuales mientras en nuestras ciudades se cierran o destruyen los espacios públicos. En particular, la página de un amigo –admirable por demás gracias a su capacidad de trabajo y esmero–, el arquitecto Víctor Sánchez Taffur, me resultó inspiradora y, más recientemente, la del Prof. Oscar Tenreiro me ha dado otra lección de constancia, perseverancia, autenticidad; ambas, muy serias, claras, francas.

Esos dos ejemplos intensificaron una reflexión: soy un arquitecto dedicado a la academia, un profesor universitario y, como tal, con una misión muy concreta: investigar, estudiar y acompañar a aprender. Concibo al conocimiento como una construcción que se realiza como proyecto abierto, voluntario, libre, vivo, dinámico, responsable. Pienso el ser docente en términos de un compañero colaborador, facilitador, eventualmente coordinador, gerente y/o supervisor de ciertas actividades. Así, me pienso en la misión de ofrecer, propiciar, favorecer, poner a la disposición de quien trabaja en aprender algo, aquello que puedo saber hacer y que resulte para su bien o provecho. Es mi responsabilidad y compromiso hacerlo cada vez mejor, con pasión e integridad, garantizándole a la institución y a la sociedad que aquello que puedo dar es bueno y útil para quien aprende, que me esmero en ayudar para que aprenda, y que doy fe de que así lo hemos hecho.

Soy un medio para quienes, siendo estudiantes, disponen de mí como profesor durante su aprendizaje o para quienes, a través de mis modos de expresión, sienten y piensan que puedo ayudarles a comprender en algo estos fenómenos particulares de nuestro ser cultural que denominamos poesía, arquitectura y ciudad.

Desde otra perspectiva, mi ser académico no puede enajenarse del ser arquitecto. En mi persona, la práctica profesional del arquitecto debe estar subordinada a la práctica profesional del académico, pero debe existir; sin duda debe existir para enfrentar el riesgo del ostracismo academicista. La búsqueda de oportunidades para el ejercicio armónico de ambas prácticas es también uno de los motivos de esta presentación.

He estado integrado durante doce años a una institución de trescientos años de historia (la UCV) en la cual está la primera Escuela de Arquitectura del país (que este año celebra su 70º aniversario). Cada día me siento más honrado y orgulloso de poder formar parte de ella. Estoy arraigado a ella y desde ella me proyecto. No puedo explicarme ya sin sus voces, colores y corredores.

Con todo lo dicho, reconozco que soy un actor formando parte de un auditorio respecto del cual tengo gran responsabilidad. Así resumo mi experiencia hasta este momento y declaro el objetivo de este otro blog (que en realidad pertenece a un conjunto de cinco que pienso como sistema): exponer los segmentos teóricos que, creo, sustentan mi saber hacer, mientras intento captar o imaginar oportunidades de proyectos arquitectónicos que me permitan practicar mi profesión de arquitecto desde los fundamentos profesionales que me hacen ciudadano universitario.

Agradezco pues la gentileza de sus lecturas.

Sean bienvenidos al paisaje de estas líneas.



hz.

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viernes, 18 de junio de 2010

Construir

Respecto a construir el Diccionario de la Real Academia Española dice: «fabricar, edificar, hacer de nueva planta una obra de arquitectura o ingeniería, un monumento o en general cualquier obra pública».  En la segunda acepción de construir se advierte: «En las antiguas escuelas de gramática, disponer las palabras latinas o griegas según el orden normal en español a fin de facilitar la traducción» y específicamente entonces, en gramática, significa «ordenar las palabras, o unirlas entre sí con arreglo a las leyes de la construcción gramatical». En el Diccionario Clave lo expresan así: «Referido especialmente a una obra de albañilería, fabricarla o hacerla juntando los elementos necesarios para ello. (...) Referido a algo inmaterial, crearlo o idearlo». Indica este diccionario que la palabra se deriva del latín construêre, de constrùo. Esta voz latina, según el Diccionario-manual Sopena Latín, viene de cum, con, y struo, «disponer, arreglar, ordenar por capas, hacinar, acumular, amontonar, poner unas cosas sobre otras; agregar, juntar». Por struo también se entiende «disponer con orden, poner en orden los elementos de que una cosa está formada; ordenar». De donde se entiende que constrùo sea «amontonar en capas o ringleras superpuestas, ordenadamente», enunciado que evoca para nosotros la imagen de hiladas superpuestas de ladrillos en una pared.
Construir es, entonces, ordenar partes para crear otra cosa en función de la adecuada unión de ellas.


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